miércoles, mayo 25, 2005

La tecnología y los bobos

 
Lo complicado de hacer tecnología a prueba de bobos, dice un viejo proverbio, es que los bobos son muy ingeniosos. No importa lo difícil que sea, siempre habrá quien se haga daño; para algunos contumaces, incluso Star Wars puede ser letal. Aunque lo peor es que este tipo de bobos llama a otro: los agoreros. Un ejemplo es el reciente estudio sobre el uso del móvil entre los jóvenes, que aprovecha para alertar del riesgo de adicción, utilizando para definirlo unos estándares absurdos. Si el sentir angustia en ausencia del móvil es signo de adicción, todos somos adictos a la electricidad, las tarjetas de crédito y los vestidos, entre otras cosas. Y ojo, que este alarmismo no sale gratis. Lo que el estudio deja claro es que los jóvenes adoran usar el móvil para comunicarse, relacionarse y jugar. ¿No es ésta una conclusión interesante?

Si naciste para martillo, el universo entero te parecen clavos. Protégeles y el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid son, como sus propios nombres indican, organizaciones nacidas para quitar del peligro a la infancia, y por los cielos que lo harán. Aunque los peligros haya que exagerarlos un poco. Por supuesto, todo por el bien de la infancia.

Así, las interesantes conclusiones del estudio se retuercen para convertir cada luz en una sombra y cada oportunidad en un riesgo. No se habla del potencial uso de los móviles en la lucha contra el acoso, o 'bullying'; sí de la angustia del chaval sin móvil. No se destaca el intensivo uso del teléfono que hacen los menores en tareas sociales, en juegos, en mantener el contacto, sino que se considera ese mismo uso como un posible síntoma de adicción futura. No se incita a los padres a que consideren el móvil como una herramienta de tranquilidad, que les ayuda a localizar a sus hijos, sino que se les indica que vigilen su consumo, no vaya a ser que se hagan 'yonquis' telefónicos.

Por supuesto que el móvil puede causar problemas. También pueden hacerlo cosas tan en principio inofensivas como la comida, el buen tipo, el deporte o el sexo. Siempre hay un porcentaje de población que puede canalizar a través de una obsesión sus problemas. Tampoco hay que dudar de la buena voluntad, de los ingentes caudales de buena voluntad de Protégeles o del Defensor del Menor. Quieren, sin duda, lo mejor para los niños.

Pero quizá ha llegado el momento de preguntarse si sus propios prejuicios no están arrastrando a nuestros protectores de la infancia a perjudicar a quienes quieren ayudar. Sus avisos truculentos sobre inminentes adicciones tendrían más credibilidad si estuviesen acompañados por programas para utilizar el móvil en bien de los niños, y para fomentar sus usos creativos y beneficiosos. Por no citar el favorecer que padres e hijos utilicen juntos la tecnología, discutan su uso y aprendan a utilizarla como elemento de cohesión y mejora de la vida familiar. Sin por ello dejar de ayudar a quienes de verdad tienen problemas.

Y sin extender porque sí la sombra de la sospecha sobre una tecnología que algo bueno debe de tener...